La pregunta “¿para qué estudiar?” resume una inquietud que rebasa la apatía individual. Para muchos jóvenes, la escuela dejó de representar con claridad una oportunidad de crecimiento, estabilidad económica y movilidad social.
El problema no puede explicarse únicamente por una falta de disciplina o interés. También está relacionado con la distancia entre los contenidos escolares, las expectativas de las nuevas generaciones y un mercado laboral que cambia con rapidez, además de los efectos que dejó la pandemia en la experiencia educativa.
Una relación debilitada con la escuela
Durante décadas, estudiar fue entendido como una de las principales vías para mejorar la posición social y corresponder al esfuerzo de las familias. Sin embargo, esa promesa perdió fuerza entre estudiantes que no encuentran una relación evidente entre lo que aprenden, las oportunidades disponibles y el futuro que imaginan.
La falta de interés aparece entre las razones del abandono escolar en México, junto con factores económicos y familiares. En este contexto, la apatía puede ser una señal de que la escuela ya no consigue explicar de manera convincente por qué el conocimiento sigue siendo valioso.
La pandemia profundizó el desencanto
El cierre de las aulas alteró las rutinas, debilitó los vínculos entre estudiantes y docentes y expuso las desigualdades en el acceso a herramientas para continuar con las clases. Durante el ciclo escolar 2020-2021, 5.2 millones de personas de entre 3 y 29 años no se inscribieron en la escuela.
Entre quienes no continuaron sus estudios por motivos relacionados con la pandemia o la falta de recursos, 26.6 por ciento consideró que las clases a distancia eran poco funcionales para su aprendizaje. La experiencia dejó claro que trasladar las actividades escolares a una pantalla no garantiza, por sí mismo, comprensión, acompañamiento ni motivación.
La Encuesta Nacional sobre Acceso y Permanencia en la Educación identificó que la emergencia sanitaria obligó a medir los efectos de las clases virtuales y a distancia sobre la continuidad educativa de la población de 3 a 29 años. Sus resultados forman parte del diagnóstico de los retos que todavía enfrenta el sistema educativo.
La escuela también debe ser un espacio de protección
La pérdida del vínculo escolar tiene consecuencias que van más allá del rendimiento académico. Las aulas pueden funcionar como espacios de protección, contención y convivencia; cuando niñas, niños y adolescentes quedan fuera de ellas, aumentan sus condiciones de vulnerabilidad.
En México, estimaciones citadas por organismos de protección de la infancia ubican entre 145 mil y 250 mil a las niñas, niños y adolescentes que están en riesgo de ser reclutados o utilizados por grupos delictivos. La deserción escolar no explica por sí sola este fenómeno, pero la interrupción educativa puede aumentar la exposición a entornos violentos y reducir las alternativas disponibles.
Por ello, recuperar la asistencia y la permanencia escolar requiere atender tanto los aprendizajes como la seguridad, la salud emocional y las condiciones sociales de cada comunidad.
Repensar la enseñanza
La respuesta no consiste únicamente en exigir más tareas o elevar los requisitos de ingreso. También es necesario vincular los contenidos con problemas reales, incorporar los intereses de los estudiantes y ofrecer trayectorias educativas más flexibles sin abandonar el rigor académico.
- Relacionar lo aprendido con las oportunidades profesionales y sociales que encontrarán los jóvenes.
- Fortalecer el acompañamiento emocional y la comunicación entre familias, docentes y estudiantes.
- Mantener las escuelas como entornos seguros, incluyentes y capaces de prevenir distintas formas de violencia.
- Promover el conocimiento, la curiosidad y el pensamiento crítico como fines de la educación, no solo como instrumentos para obtener empleo.
La inteligencia artificial, los videojuegos, la creación de contenidos y el streaming han modificado la manera en que muchos jóvenes imaginan su futuro laboral. La escuela no puede ignorar esas aspiraciones, pero sí debe ayudar a comprender qué conocimientos, habilidades y responsabilidades requiere cada camino.
El desafío consiste en recuperar la confianza en la educación sin idealizar el pasado. Más que convencer a los estudiantes de obedecer una ruta única, se trata de mostrarles que aprender puede ampliar sus opciones, fortalecer su autonomía y ofrecerles herramientas para participar en la sociedad.
La pregunta “¿para qué estudiar?” no debería responderse con una consigna, sino con una experiencia escolar que vuelva visible el valor del conocimiento. Recuperar el amor por el estudio implica transformar la enseñanza para que vuelva a ser significativa, exigente y cercana a la vida de quienes aprenden.

