Donald Trump ha dejado de tratar las elecciones extranjeras como asuntos exclusivamente internos de otros países. En América Latina ha respaldado candidatos, condicionado la expectativa de apoyo económico y convertido la relación con Washington en un argumento de campaña.
Hasta ahora, los candidatos a los que apoyó en Argentina, Honduras y Colombia han ganado. Sin embargo, esa coincidencia no demuestra que hayan vencido gracias a su respaldo. El fenómeno también involucra a mandatarios de distintas corrientes ideológicas y plantea dudas sobre los límites de la no intervención en los procesos electorales.
El respaldo de Trump en América Latina
En Argentina, la intervención estadounidense fue especialmente visible antes de las elecciones legislativas de octubre de 2025. Washington acordó una línea de intercambio de divisas por 20 mil millones de dólares para respaldar al gobierno de Javier Milei, mientras Trump advirtió que Estados Unidos dejaría de ser “generoso” si el oficialismo perdía.
La Libertad Avanza ganó los comicios y, al día siguiente, el presidente estadounidense afirmó que Milei había recibido “mucha ayuda” de su país. La decisión de los votantes fue argentina; el uso del respaldo financiero estadounidense en vísperas de la votación fue una decisión de Washington.
En Honduras, Trump pidió abiertamente el voto para Nasry Asfura y sugirió que la ayuda estadounidense dependería del resultado. Durante la recta final de la campaña también indultó al expresidente Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico. Asfura ganó, aunque la magnitud de la influencia de Trump sobre ese desenlace continúa siendo discutida.
En Colombia, Trump respaldó a Abelardo de la Espriella después de la primera vuelta y le ofreció su apoyo total para el balotaje. El candidato ganó por un margen estrecho, en un contexto marcado también por la preocupación de los votantes por la seguridad, la economía y el peso del voto de los colombianos en el exterior.
Una práctica que no distingue ideologías
Trump no es el único mandatario que ha intervenido en elecciones ajenas. En la contienda presidencial argentina de 2023, Luiz Inácio Lula da Silva tomó partido por Sergio Massa mediante llamados a votar por una opción que respetara la democracia y las instituciones. La Libertad Avanza de Milei terminó imponiéndose.
Milei respondió posteriormente con un respaldo abierto a Flávio Bolsonaro en Brasil, además de criticar a Lula y al juez del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes. Lula incorporó a Argentina a su propia campaña mediante un video que vinculó las propuestas de Flávio con las medidas del gobierno de Milei.
En Colombia, el presidente ecuatoriano Daniel Noboa también se pronunció a favor de De la Espriella. La intervención incluyó negociaciones sobre aranceles: primero se redujeron de 100 a 75 por ciento tras una conversación con la candidata Paloma Valencia y después fueron eliminados tras una videollamada con De la Espriella.
El caso de México
México incorporó desde junio de 2026 la injerencia extranjera que influya en el resultado como una causal para anular una elección. La medida busca proteger la soberanía electoral, pero también plantea un desafío: definir con precisión qué constituye una intervención, cómo se demuestra su influencia y quién debe responder por ella.
El riesgo aumenta en comicios cerrados. La Constitución presume determinantes las violaciones acreditadas cuando la diferencia entre los dos primeros candidatos es inferior a 5 por ciento. Por ello, cualquier impugnación debería apoyarse en pruebas objetivas y materiales, bajo el control de una justicia electoral independiente.
Los límites de la influencia extranjera
Los resultados electorales recientes muestran que el respaldo extranjero no garantiza una victoria. En Argentina, Honduras y Colombia coincidió con triunfos de los candidatos apoyados; en Canadá, Australia y Hungría, las posiciones asociadas a Trump enfrentaron resultados adversos.
En Canadá, los aranceles y las alusiones de Trump a convertir al país en el estado número 51 contribuyeron a que Mark Carney se presentara como defensor de la autonomía canadiense. Los liberales ganaron 169 escaños. En Australia, los laboristas de Anthony Albanese lograron la reelección con 94 escaños, frente a los 77 que tenían.
Hungría ofrece otro contraste. Trump respaldó a Viktor Orbán y el vicepresidente JD Vance se involucró en la campaña, pero el partido Tisza de Péter Magyar puso fin a 16 años de hegemonía de Orbán con una victoria contundente.
La lección de este ciclo electoral no es que la injerencia siempre funcione, sino que se ha normalizado. Trump utiliza líneas de crédito y aranceles; Lula, estrategas y mensajes políticos; Milei, discursos; y Noboa, decisiones comerciales. Cambian los instrumentos y el signo ideológico, pero permanece la idea de que el resultado de una elección ajena puede convertirse en un asunto propio.
La no intervención no es sólo una cortesía entre gobiernos. También es una garantía para los ciudadanos. Cada vez que un jefe de Estado pide el voto fuera de sus fronteras, reduce el costo político de que otro mandatario haga lo mismo en las suyas.

